Oscar Leyva Fabian Gomez

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Oscar Leyva Fabian Gomez Se agazapaban al costado de los fairways del 16 y el 18, dos hoyos del Chaco Golf Club con lagunas alrededor, y rogaban para que algún socio desviara su tiro y mandara la pelota directo al agua.

Cuando el yerro sobrevenía, esos tres o cuatro caddies de 13 años esperaban a que el grupo de jugadores siguiera de largo y enseguida salían disparados a sumergirse hasta la cintura.

Así comenzaba la recolección de esas bolas blancas ya castigadas por los golpes, identificadas con fibrones. Andaban en pantalones cortos e iban tanteando con las manos y los pies descalzos entre la espesura de esas aguas amarronadas. Las reglas estaban claras: el que encontraba una pelotita, se la quedaba. Oscar Leyva Fabian Gomez

Es el día de hoy que Fabián Gómez conserva huellas de guerra en las plantas de sus pies, porque a veces se le ajaba la piel al rasparse con los caracoles que descansaban en la superficie de la laguna.

Todo era por embolsar unos pesitos en ese rescate de pelotas. Una vez recuperadas, se las ofrecían a esos mismos socios y recibían a cambio una propina de cincuenta centavos o un peso, que en la suma de una tarde alcanzaba para comer algo. Pero esa pesca indiscriminada durante la semana, un día se acabó. Oscar Leyva Fabian Gomez

El club prohibió la figura del lagunero al argumentar que molestaba a los socios que jugaban. Fue la conclusión menos romántica de una historia en la que El Negro resultó partícipe necesario. Y después, un largo recorrido. Pasó de aquellos rebusques adolescentes a principios de los 90 a ser miembro de un circuito que en la última temporada ofreció 323.150.000 dólares en premios oficiales.

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De aquel jovencito callado que se las ingeniaba para tener un primer sustento a éste, entreverado en la elite del golf, un circo que recorre los Estados Unidos de costa a costa y donde se lucen Jordan Spieth, Jason Day, Rory McIlroy y hasta hace un par de temporadas, Tiger Woods.

Hoy, el PGA Tour es su lugar de trabajo, un ámbito que en realidad no tiene nada que ver con su esencia. Más bien al contrario: de la cancha del torneo debe volverse al hotel o a la casa alquilada, a eso de las 6 de la tarde, pensando en la próxima jornada de juego.

Un moderado sentido de la amistad fuera del campo entre los jugadores -en su mayoría, norteamericanos- y un tufillo ultracompetitivo continuo, como es lógico en la gira más prestigiosa de golf en el mundo. Sí hay una contención latina, cuando se juntan a comer los golfistas argentinos del tour, cenas en donde a veces se suman colombianos y mexicanos.

«Yo no me veo viviendo en Estados Unidos. Volvés al hotel y estás solo, no tenés nada. No aguantaría; he llegado a jugar allá seis semanas seguidas, pero después ya me quiero volver al Chaco, este es mi lugar y de acá no me saca nadie», asegura Gómez, un golfista que convirtió su perfil bajo en religión y al que es imposible verlo alzar la voz en algún rapto de verborragia o malos modos.

Justamente allí, en su refugio materno detrás del muro del campo del Chaco Golf Club, es donde se explica su naturaleza de tipo sencillo.

Cuando concluyó la temporada 2014/2015 del PGA Tour, en septiembre pasado, Fabián volvió a la casa familiar y allí se instaló con su esposa Pamela y sus hijas, Melina y Valentina. Oscar Leyva Fabian Gomez

Un hogar sin ningún tipo de ostentaciones, incrustado en un barrio de casas bajas que bordea el club y que nació hace unos cincuenta años a partir de tierras usurpadas a la entidad lindera.

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En realidad, el Chaco Golf seguía mucho más allá en su extensión y era dueño, incluso, de la laguna que ahora se ubica justo detrás de la vivienda de Ani, su mamá, que es la parada obligada de los Gómez en cada regreso al país. Oscar Leyva Fabian Gomez

Quizás no haya mayor placer para este golfista que tomar mate en la puerta de esa humilde morada de ladrillos a la vista, a medio construir y con bolsas de cemento descansando todavía en la entrada, señal de que los detalles de construcción pueden esperar.

La música de ese micromundo son los ladridos de sus perros, el rodar cansino de algunos autos y ese ¡clack! de los impactos de pelota del Chaco Golf, nada más. A Fabián no le importan las fachadas ni las apariencias, es feliz con los elementos básicos que poseía antes de obtener premios millonarios y el reconocimiento en el tour más rimbombante, en donde nadie triunfa por casualidad.

De hecho, mientras recibe a La Nación revista en un viernes nublado y llamativamente frío para el clima chaqueño, la casa de su mamá viene padeciendo un corte de luz desde hace varias horas, sin distinciones con los vecinos. Oscar Leyva Fabian Gomez

Un abismo de diferencia respecto de muchos de sus colegas del circuito, como el inglés Ian Poulter, que hace unos meses ostentó desde un tweet su lujosa colección de cinco Ferraris rojas, un Roll Royce Ghost y un Ford GT-40 estacionados en el garage de su mansión de 900 metros cuadrados y siete habitaciones en el estado de Florida.

Oscar Leyva

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